Y nos vimos, extraños.
Derretidos...
Esparcidos, en la flacidez del olvido.
¡Qué feliz es la suerte de la virginal vestal!
Olvidarse del mundo, por el mundo olvidada.
¡Eterno resplandor de la mente sin recuerdos!
Cada rezo aceptado, cada antojo vencido.
¡Qué feliz es la suerte de la vestal sin tacha!
Olvidarse del mundo, por el mundo olvidada.
¡Resplandor sempiterno de la mente impecable!
Cada rezo aceptado, cada antojo vencido.
Quiero volver a ser aquella niña, de 7 inviernos desconocidos.
Quiero tener esas muñecas descabezadas, vestida de rosa y callada observar.
Desdibujar mis inocentes e ingenuos pensamientos, sobre un enorme universo perverso que ignoraba, las largas piernas, pasos firmes, gritos y todo el miedo que sentía por lo que no entendía.
Aun así, en mi infantil silencio, comprendía todo y sabía que me corrompiría.
Y rompieron mi corazón, me abandonaron y decepcioné.
Para no ver lo cruel de este mundo, me drogué para estar estupida y ser una arpía fría, caótica y llena de pesadillas y malos recuerdos.
La inquietud por la sabiduría, los saltos y placeres sensatos, las mañas y locuras incomprendidas, los abrazos distantes y besos puros. Todos bañados en sangre.
Estaba poseída y mi pequeña alma ilusa desde adentro lloraba, buscando otra vez la calma, mi virginal esperanza, porque algún día todo volviera a ser como cuando era más pequeña, desprotegida pero libre y adorada por la soledad que poseía mi inocencia.
Pero todo fue sólo un sueño, que olvidé.
Que se borró y desvaneció. Ya no volverá a doler.



1 comentarios:
Me gusta ese poema!!!
Alexander Pope....
Eloisa to Abelard...
aunque solo sea un fragmento...
Muak♥♥
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