Lo primero que recuerdo es su rostro, frío y sereno, calmado como si todos esos chillidos fueran serenatas en silencio, su piel de papel marcaba sublimemente las líneas de sus huesos, sus ojos negaban al mundo como si este no tuviese nada que ofrecer, y una apaciguada sonrisa que expresaba felicidad me saluda. Sentí curiosidad, sentí celos, pero lo más importante, sentí paz. Y ahí descanse, un feto con sus ojos cerrados se deleitaba con su ser, sin pensamiento único más un todo en la nada, cual ente inexistente presente en todo, disperso en su complejidad.
Me di cuenta de que nada es eterno.
Pues con la tosquedad de la realidad fui expulsado del nirvana por los brazos de mi madre y volví a nacer…luego todo es balance, todo es cero.
Al parecer fui amado de sobremanera por aquel muñeco de porcelana pues mis sollozos atrapados en mi garganta tenían su voz, recuerdo aquel sonido llamándome por un nombre que no recuerdo y mis pequeños pies moviéndose a toda prisa hacia su encuentro, eventualmente estrellándose contra el duro suelo, miro mis pies y observo por primera vez, sangre esparcida por mis rodillas gotea por trozos de piel. Gritos tan estridentes jamás fueron escuchados, mi madre con un estruendo me sigue al paso como queriéndole darle un beso, mis pequeñas manos no entendían aquel liquido que sostenían eminentes de las grandes heridas, desesperación por lo desconocido invadió mi cuerpo y comencé a temblar, lo ultimo que mis ojos lograron captar fue a aquel muñeco lamiendo el liquido derramando y todo volvió a cero.
El caos envuelto por la nada vuelve a fusionarse con la paz. He ahí la serenidad.
Chillidos a la luna dejó caer, vacilante corre por los pasillos asegurándose que nadie quede impune por su perdida, alaridos que se extendían todo el día para luego agonizar en lamentos, ahogados en un mundo de lagrimas invertidas. Al parecer la culpa la tuvo el, aquel muñeco de porcelana causaba dolor en su ausencia, y no pudo más. ¿Como puede dañar el ausente?, pues la tortura extendida nunca cesó, miles de ciclos terminaron frente a mis narices, y miles comenzaron solo para perecer sobre mi cadáver, todos acompañados por el réquiem de la vida.
Una noche las maldiciones caían en disminución, el día en que la botella se vació, la amargura llenó el ambiente como el último aliento de una flor, y esta matizó la luna de un dulce púrpura. Luego todo se silencio, todo quedo expectante a la conclusión inevitable, y ella grito: “Me quitaste la alegría y ahora me quitas la vida” con un hermoso disparo que sirvió como punto final, y ella al fin descansó.
Los gritos del ausente solo son acallados una vez que estas a su lado.
Y así fue por un tiempo, pues lo próximo que veo es mi cuerpo aun con ese nombre que no recuerdo, disfrutaba de la nada, acogido por el olvido, pero el sufrimiento se filtró por mi piel y los gritos silenciados una vez más ensordecieron mi calma, asi es que decidí lo más honorable, la calma de mi madre y de aquel muñeco los acompañaría a todos, y al fin podrán descansar. La ultima imagen que logro ver es un decidido yo saliendo de mi hogar hacia la eternidad inexistente.



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